lunes, 28 de octubre de 2013

Concursos Noviembre


Octubre es un mes propicio para presentarse a concursos literarios, ya que podemos echar un vistazo a nuestra producción del año, y si no le hemos dado salida, concursar es un buen aliciente para hacerlo. Así que os animamos a presentaros a uno de los certámenes que os proponemos, o a todos, si tenéis suficiente producción,  y cuyo plazo de entrega es a finales del mes de noviembre. También es un aliciente para escribir algo nuevo y presentarlo. No hay excusa. Tenéis todo un mes para ello. ¡Adelante!

  • X Premio Nacional de Relatos “Alhaurín de la Torre” (España).
  • Premio internacional de literatura Antonio Machado. (Francia)

  • Concursos Ciudad de Tudela. (España)



BASES:

-X Premio Nacional de Relatos “Alhaurín de la Torre” (España):




- Cláusulas:

    * Tema libre. Escrito en lengua castellana.
    * Extensión máxima de 10 folios por una sola cara.
    * Tipo de letra Times New Roman 12. Doble Espacio. 
    * Fecha límite: 30 de Noviembre de 2013.
    * Envío a través de correo.

- Premio: 

    * Un único premio de 1800€. 

- Fallo

    * 21 de Febrero de 2014.

- Enlace a las bases del certamen: 




- Premio internacional de literatura Antonio Machado (Francia):



 





- Cláusulas:

    * Tema libre conforme al espíritu machadiano (poesía, ensayo, novela, cuento, teatro). Escritos en lengua castellana, francesa o catalana.
    * Extensión:
  • Mínimo de 600 versos para poesía.
  • Mínimo de 100 páginas y máximo de 200 para las demás modalidades.
    * Din-A4. Una sola cara. Doble Espacio.  
    * Fecha límite: 30 de Noviembre de 2013.
    * Envío a través de correo. 

- Premio: 

    * Único de 2.000€. 

Fallo

    * 23 de febrero de 2014. 

- Enlace a las bases del certamen: 


- CONCURSOS "CIUDAD DE TUDELA" (Varias Modalidades):

  1.  XXXX Concurso de Cuentos “Ciudad de Tudela” 

- Cláusulas:

    * Tema Libre. Escrito en lengua castellana.
    * Extensión no menos de 2 folios ni mayor de 5.
    * Din-A4. Una sola cara. 32 líneas y 70 caracteres por línea.
    * Fecha límite: 22 de Noviembre de 2013.
    * Envío a través de correo.

- Premio: 

    * 3.000€. 

Fallo

    * Durante la última semana de Enero 2014.

- Enlace a las bases del certamen: 


  2. XXVI Concurso infantil y juvenil de Cuentos “Ciudad de Tudela” 

- Cláusulas:

    * Tema Libre. Escrito en lengua castellana.
    * Extensión no mayor a 2 folios.
    * Din-A4. Una sola cara. Doble espacio. Cuerpo 12. Sin faltas de ortografía.
    * Fecha límite: 22 de Noviembre de 2013.
    * Envío a través de correo.


- Premio: 

    * 90€ para las categorías A y B y 120€ para las categorías C y D.

    Siendo las categorías las siguientes:

    A: Nacidos en 2002 y 2003.
    B: Nacidos en 2000 y 2001.
    C: Nacidos en 1998 y 1999.
    D: Nacidos en 1996 y 1997.

Fallo

    * Durante la última semana de Enero 2014.

- Enlace a las bases del certamen: 


 3. XXIX Concurso de Poesía “Ciudad de Tudela”.

- Cláusulas:

    * Tema Libre. Escrito en lengua castellana.
    * Din-A4. Una sola cara. Extensión no superior a los 60 versos.
    * Fecha límite: 22 de Noviembre de 2013.
    * Envío a través de correo.

- Premio: 

    * 1,500€. 

Fallo

    * Durante la última semana de Enero 2014.

- Enlace a las bases del certamen: 




Esperamos que dichos certámenes hayan sido de vuestro interés. En todo caso, aceptamos vuestras propuestas y sugerencias que tendremos en cuenta para la elección de los concursos del mes de diciembre. Suerte a todos los participantes. 


Punto y seguido




viernes, 25 de octubre de 2013

TIKAL

En 1848, Modesto Morales, expedicionario de Guatemala, descubrió a instancias del gobernador de Pelén, las primeras ruinas de la antigua ciudad de Tikal. Una ciudad perdida y olvidada,  a la que la naturaleza había engullido a lo largo de los siglos enterrándola bajo la jungla.

Tikal, Parque Nacional de Guatemala y patrimonio de la Humanidad, tiene unas dimensiones inmensas. Dentro del parque se encuentran las ruinas descubiertas y restauradas, pero estas solo representan el quince por ciento de lo que hay aún por descubrir.

A las cinco de la mañana, el autobús inicia la marcha hacia el Parque desde la ciudad de Flores. La noche peina nuestras cabezas reflejando la rutilante luz de las estrellas guatemaltecas. Por el camino, el sol comienza a desperezar sus rayos a ras del horizonte coloreándolo de un rosáceo violeta. Cuando llegamos al Parque, y tras pagar los 50 quetzales, iniciamos una senda por la jungla que guía a las ruinas. Pronto nos sorprendemos con presumidos pavos reales que apenas nos toman en cuenta, con inquietas ardillas y con unos curiosos ladronzuelos que intentaron robarnos la comida, llamados coatíes: una especie de zorrito con la cola muy larga y alzada, y un hocico enorme que nada tiene que envidiar a Cyrano de Bergerac. 

No sabría decir si fuimos nosotros o es que ellos salieron a nuestro encuentro, lo cierto es que cuando nos dimos cuenta, estábamos rodeados de inmensos edificios de piedra con estructura piramidal que circundaban una plaza descubierta en mitad de un enjambre de árboles y matorrales. Unas estrechas y empinadas escaleras conducen a lo más alto donde se encuentran unas pequeñas habitaciones de las que aún no se ha descubierto su utilidad. Desde la copa de estos templos, algunos de ellos más altos que los árboles, se puede divisar la extensa selva de Tikal que sumerge a las ruinas como un auténtico océano verde. Tal si fueran islotes, las crestas de las pirámides emergen de la marea de hojas. El paisaje maya se hace digno de un silencio tan solo interrumpido por los aullidos de los monos y los gritos de los tucanes.
Apoyo mi mano sobre las piedras tratando de dar un salto al pasado con el fin de contemplar aquellos despojos de ciudad en todo su esplendor, cuando el imperio maya dominaba el territorio. Cierro los ojos y puedo contemplar innumerables plazas, edificios, tenderetes, mercados donde se comercia con verduras y una abundante variedad de tubérculos, donde se intercambian adornos y piedras preciosas, se compran animales para los sacrificios en los templos, se exponen las telas y paños para la confección de vestidos. Un paisaje colorido y vivo, de piedra y de oro. Una visión soñada de la que aún no acabo de despertarme, porque en la ciudad perdida de Tikal todavía laten los espectros de sus habitantes, a la espera de que el día menos pensado, alguien los libere de sus celdas de piedra.

miércoles, 23 de octubre de 2013

«25 GOLPES DE SUERTE»



El jueves 17 de octubre presentamos en la XIII FIL (Feria Internacional del libro), en el Zócalo de México DF, «25 golpes de suerte». Se trata de un proyecto grupal propuesto por Claudia Guillén y que ha salido a la luz gracias a la Editorial Lectorum.


Es la primera antología de taller literario publicada por una editorial, por lo menos en México, y he tenido la suerte de ser parte de ella. Somos veinticinco exalumnos de Claudia, tanto del taller que realizaba en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, como del Claustro Sor Juana Inés de la Cruz.


Claudia Guillén


         Cada uno de los integrantes de esta antología elegimos un cuento que trabajamos durante el taller, para mejorarlo y publicarlo. Conseguimos un libro del que estamos orgullosos. La portada es obra de Rodrigo Sainz, integrante del grupo, y el prólogo es de la profesora y escritora Claudia Guillén.

          Hemos tenido la suerte de presentarlo en un ámbito como la FIL, lo cual lo consideramos un lujo, y también, cómo no, otro «golpe de suerte». Sabemos que habrá más oportunidades para darlo a conocer. Los que estuvimos, leímos un fragmento del cuento propio, con mucha ilusión.
Todos los que participamos en el evento 
Foto de Enrique J. Guillermo Rodríguez

        Como se podrán imaginar, el título no tiene que ver con la labor que puso cada uno en su cuento. El trabajo de cada uno de los integrantes, y sobre todo de Claudia, ha sido arduo, pero ahora tenemos una antología digna de ser leída, con estupendos cuentos, cada uno con su estilo, con su tema y con toda la pasión que hemos puesto en él.

        Quiero dar las gracias a Porfirio Romo, director de Lectorum, por la oportunidad que nos ha dado, y por supuesto a Claudia Guillén, sin la que estos «25 golpes de suerte» no hubieran sido posibles.
Punto y Seguido
Foto de Irene Morales Pagaza

Pueden conseguirlo en librerías de México: Ghandi, Sótano y Samborns. Editorial Lectorum. 100$

lunes, 21 de octubre de 2013

SILENCIO

Cuando tras el portazo comenzaban los gritos, el niño corría hasta el dormitorio de sus padres, apuntaba a la puerta con el mando a distancia y hundía el pulgar en el botón para bajar el volumen. Aquel truco funcionó las primeras veces, y los insultos y los golpes cesaron a los pocos segundos. Pero hace días que el mando no enmudece las peleas del dormitorio. En el quiosco compró pilas en vez de caramelos y las sustituyó por las que creía gastadas, pero tampoco así consiguió el silencio. Hoy, tras el portazo, el niño permanece inmóvil en el sofá, apunta el mando hacia el televisor y sube el volumen.

«Cuando vivíamos aquí»

Ilustración de Alfredo Prior - arteBA2012

viernes, 18 de octubre de 2013

SAN FRANCISCO






Las ciudades norteamericanas las tenemos muy vistas, en tantas series y películas. Tal vez por eso mucha gente sueña con conocerlas, lo cual no suele ser mi caso. Yo puedo identificar a San Francisco con Steve McQueen en Bullitt, o con Clint Eastwood en Escape from Alcatraz, pero hasta que no estuve allí, creía que Twin Peaks era una serie, que por cierto nada tiene que ver con Twin Peaks, un lugar al que el GPS no se dignó a llevarme, y  que es necesario visitar, con o sin GPS, para ver la ciudad completa desde sus colinas mellizas. Desde aquí se establece cómo es la ciudad: un puñado de torres rodeadas por miles de casas, la mayoría victorianas, es decir que hay más casas para mirar-fotografíar, además de las Painted Ladies.



         San Francisco es más que Alcatráz, que flota como un buque de tierra anclado en la bahía, que la calle Lombard y su zigzag florido, o que el Golden Gate que asoma en tantas fotografías como un imán al que recurrir, rojo, pintoresco y elegante, símbolo de que sí estuvimos allí. Llegué con una lista, que no redacté yo, de todo lo que hay que ver, a la que le añadí lo de la Generación Beat. La gente, como los sureños en general de USA, es amable y conversadora, algo así como los andaluces de Norteamérica, lo que hace que siempre me pase lo mismo: lamento chapurrear el inglés, y siempre me prometo a mí misma dejar de «tarzanizarlo» para la próxima oportunidad. Cosa que seguirá siendo un sueño, me temo. Lo de que es difícil de caminar por sus altas colinas, es mentira. Esas calles que desde lo alto aterrizan en la bahía, sólo están en un barrio: Nob Hill. Nob viene de snob, no hace falta decir quiénes viven allí. Casi todo el resto es llano. Y en esa llanura encontramos Chinatown, que nos recibe con su música, ejecutada por una orquesta de chinos, y que le da un aire fílmico al barrio, en congruencia con los farolitos y los techos de pagoda. Junto a ella, North Beach, el barrio italiano. No pude evitar comerme una porción de pizza en Trieste, bar que la Generación Beat usaba para reunirse o escribir sus poemas, y donde Francis Ford Coppola escribió El padrino. Y cómo no, allí encontré a un escritor, con su computadora, tal vez intentando recibir la inspiración que quedó flotando, como un fantasma, tras el paso de tantos talentos. Como estaba acompañada, no pude tomarme el tiempo para empuñar el bolígrafo e intentar lo que aquel escritor. Trieste ese día estuvo concurrido por gente del barrio, que se saludaba con alegría, y estimo que los únicos turistas éramos mi marido y yo. En North Beach también está la famosa librería City Lights, que editó, en épocas convulsas, a Allen Ginsberg y a Jack Kerouac, entre otros. Adentro, y a pesar de la gran comunidad hispanoparlante de la zona, sólo encontré un libro en español: Apuntes filosóficos de Ernesto Che Guevara. Leí algunos cartelitos de la sección: ¿Quién es tu poeta favorito?, entre los que estaba uno que contestó «Your face» u otro que puso «Chuck Norris», lo que convirtió al panel en romántico-jocoso. En las escaleras, fotos de Dylan con Ginsberg hablan de una época que quedará por siempre impregnada en esas paredes, y un cartel que reza Via Ferlinghetti con una flecha, nos señala dónde está la sección de poesía, a la vez que nos recuerda a su co-fundador, poeta y editor de los grandes de su época de aquella ciudad. Tienen en la primera planta un sillón hamaca con un cartel pintado: poet´s chair, donde me senté unos minutos, esperando no sé qué clase de milagro. A escasos metros de este edificio está el Museo Beat. Entré sola y así estuve durante todo el recorrido. Fotografié, casi con fetichismo, todo aquello que me pareció interesante, y al llegar al final encontré la guinda de la tarta: el auto en el que Jack Kerouac recorrió USA, viaje que le inspiró On the Road. Confieso que fue el único momento de mi viaje en que me emocioné. Ni el tamaño de las sequoias, ni los parajes de Yosemite que vi luego, lograron lo que ese coche. Como nota simpática, un cartel lo acompaña: No disturb the dirt.



         Otra zona que es importante mencionar es Castro, barrio de Harvey Milk y de toda la comunidad gay. Por allí se puede ver a algún señor mayor, de largas barbas, caminado desnudo, con sólo un taparrabos negro ajustado a sus partes íntimas, dejándonos por sentado que él tiene más calor que nosotros, y que aún vale la pena pavonear su prominente barriga. Las banderas enarbolan el barrio para que no quede duda de su condición. En la Bahía está Fisherman´s Wharf, su embarcadero, su pier 39 donde chillan los territoriales leones marinos, sus múltiples gaviotas, y su zona de negocios-restaurantes, que me recordó a Disneyworld. Muy cerca del Golden Gate Park está Haight Ashbury, el barrio hippie que, lamentablemente, no pudimos caminar por falta de aparcamiento, uno de los verdaderos problemas de la ciudad. Pagar uno para quedarse paseando por la mañana y por la tarde cuesta 36 USD. Ya sé que esto es un dato turístico, no literario, pero me gusta asustar a la gente. Nosotros nos escapamos del bullicio y de los turistas enfrentándonos al Pacífico, que se deja ver tras atravesar todo el larguísimo Golden Gate Park, más un bosque que un parque. La playa, ventosa y abierta, nos trasladó a Tarifa, inevitablemente.


         Si me preguntan qué me llevé de esta ciudad, diré que es bonita y amigable, por la cantidad de nombres en español, por su gente, por sus barrios residenciales. Algunos dicen que es la flor de EEUU, yo no puedo afirmarlo, aún. Me ha contado una historia de gente creativa, divertida, respetuosa, sociable. Me ha susurrado al oído vientos de libertad y alegría. Ha sido para mí un descanso a pesar de su energía, de su bullicio. Y tras analizar todo esto, qué más puedo pedirle a una ciudad.

Andrea Vinci

Punto y Seguido


miércoles, 16 de octubre de 2013

EN DEFENSA DEL ADJETIVO

Uno de los primeros consejos que se recibe en los talleres de escritura es la precaución ante los adjetivos y los peligros que entraña su uso (a ver dónde los colocamos, si delante o detrás del sustantivo, a ver cuántos, si uno o dos y con qué frecuencia).

Yo, sin embargo, cuando oigo hablar mal de ellos me pongo a la defensiva, es decir, que encuentro montones de motivos para defenderlos de sus detractores.
En primer lugar, si al hablar los utilizamos constantemente de manera natural, cuánto más los necesitaremos en la escritura, cuando no tenemos delante de nosotros a aquellos a quienes les contamos nuestras ideas, nuestras historias. Y los defiendo a todos, empezando por los humildes y monótonos demostrativos (este, ese, aquel…) que en la comunicación oral podríamos sustituir, tal vez, por el gesto del dedo que señala a este niño, aquel árbol o esa casa. Más aún a los otros, los calificativos, explicativos, especificativos que son la sal de los textos, imprescindibles para singularizar a nuestros personajes, sus gestos y sus sentimientos, los espacios en los que se mueven y el tiempo en el que suceden sus peripecias. Imprescindibles para explicarle al lector la historia de tal manera que crea que es verdad a pies juntillas.
También opino que la forma de adjetivar es uno de los elementos más importantes de la mirada y el estilo de un escritor. A menudo hago el ejercicio de reescribir un párrafo de cualquier buen escritor intentando eliminar los adjetivos (no todos se dejan, tan importantes son algunos adjetivos).






Tomemos, por ejemplo, el comienzo de la novela El mar, de John Banville:

“Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea. Las aguas de la bahía, toda la mañana bajo un cielo lechoso, habían crecido y crecido, alcanzando alturas inusitadas, las pequeñas olas inundaban una arena reseca que durante años no había conocido otra humedad que la lluvia y lamían las mismísimas bases de las dunas. El casco oxidado del carguero que permanecía encallado en la otra punta de la bahía desde tiempo inmemorial debió de pensar que iban a botarlo. Después de ese día yo no volvería a nadar. Las aves marinas gimoteaban y se lanzaban en picado, nerviosas, al parecer, ante el espectáculo de ese enorme cuenco de agua inflándose como una ampolla de un azul plomizo y brillo maligno. Tenían aquel día una blancura antinatural, los pájaros. Las olas depositaban una orla de sucia espuma amarilla en el límite de las aguas. Ningún barco estropeaba la línea del alto horizonte. No nadaría, no, nunca más”.

Reescrito sin adjetivos, o solo con los imposibles de eliminar, quedaría así:

Se marcharon, los dioses, el día de la marea. Las aguas de la bahía, toda la mañana bajo el cielo, habían crecido y crecido, alcanzando altura, las olas inundaban la arena que durante años no había conocido otra humedad que la lluvia y lamían las bases de las dunas. El casco del carguero que permanecía encallado en la punta de la bahía desde tiempo, debió pensar  que iban a botarlo. Después de ese día yo no volvería a nadar. Las aves gimoteaban y se lanzaban en picado, nerviosas, al parecer, ante el espectáculo del cuenco de agua inflándose como una ampolla de azul y brillo. Tenían aquel día una blancura antinatural, los pájaros. Las olas depositaban una orla de espuma en el límite de las aguas. Ningún barco estropeaba la línea del horizonte. No nadaría, no, nunca más.


Más de veinte adjetivos de los que he tenido que respetar seis para no romper la sintaxis. Como resultado, vemos menos lo que Banville nos cuenta y entendemos peor el significado del párrafo. Porque, con los adjetivos, se ha ido una buena parte del énfasis que el narrador y el protagonista aplicaban al relato de la incipiente historia, a los hechos singulares del día de la extraña marea. Nos perdemos también la atmósfera única que los adjetivos habían creado al salpicar el texto. El mar nos deja de impresionar si ya no es un cuenco enorme de azul plomizo y brillo maligno (a veces, los escritores celebran matrimonios indisolubles entre nombres y adjetivos, como Banville con este brillo maligno del mar) y sus olas solo dejan espuma, como todas las olas, no esa sucia espuma amarilla del día de la extraña marea.

Y todo esto solo en el primer párrafo de la novela que, aparte de maravilloso es descriptivo. Empezar una novela o un relato describiendo es otro de los procedimientos denostados en los talleres de escritura. Pero esa es otra historia.

Punto y Seguido


lunes, 14 de octubre de 2013

VENECIA III



ESTAMPAS DE VENECIA


Imagino a Venecia como un vientre milenario, decadente y majestuosa, una metrópolis anfibia que emerge entre las aguas del Adriático. Donde conviven los pecados capitales, la avaricia del Mercader de Shakespeare con  la lujuria de Casanova o de alguna de sus Cortesanas capaces de negociar con gobernantes y eludir a la Inquisición. Dónde Mr. Ripley  pasa sus últimos días después de tirar al canal la máquina de escribir con la que ha usurpado la identidad de su amigo rico,  o que simplemente se deja morir por un amor imposible, como nos contó Thomas Mann.


He entrado en el palacio del Dux a oscuras, buscando un documento que nunca encontré. He paseado en góndola y vagado por sus calles surcadas de puentes, aunque nunca estuve allí. Y he pasado del infierno al cielo con Dante. Existen unas armas poderosas que me han permitido ver, sentir, estar sin llegar a tocarla: la literatura, el cine, la pintura.


Mary Maccarthy,  en su Venecia Observada, dice que es «un ídolo de oro con pies de barro». En un reportaje sentí pánico cuando dijeron que la están dejando morir, que agoniza porque resulta demasiado caro mantener a una amante tan vieja y hermosa. No quise creerlo.


Loli Pérez
Punto y Seguido



A MÍ DE VENECIA ME GUSTA TODO

La primera vez, viajé con la seguridad y el convencimiento de que me iba a encontrar con la ciudad de mis sueños, una ciudad sumergida en una decadencia majestuosa. Llegué en autobús, cruzando el puente de la Libertad. Y después, recorrí el Gran Canal en Vaporetto desde la Plaza de Roma hasta San Marcos. A ambos lados: antiguos palacios, palacetes, museos, iglesias, el famoso mercado de Rialto, jardines a ras del agua, y edificios, que evocan otras épocas, con los bajos y puertas a medio sumergir.

En Venecia todo es una explosión de color. Sus edificios: naranjas, ocres, amarillo crema. Sus ventanas, siempre a medio abrir o cerrar, de un verde aceituna intenso, como el moho que recubre los escalones que se pierden en el agua. Que bajan a ninguna parte. (A esa otra Venecia, la que ya nadie recuerda). El color del cielo: Color púrpura al atardecer, desde el puente de la Academia, con La Salute al fondo. Celeste grisáceo, desde la piazzeta de San Marcos, cuando amanece niebla. Naranja, desde la Basílica de San Giorgio Maggiore, cuando anochece. De azul ultramar cuando caminas por sus laberínticas calles, a cualquier hora del día. Y de color gente, cuando cruzas el puente de Rialto. Venecia, vista así, podría ser la paleta de un pintor. Pero eso sería decir poco de ella, aunque fuese el maestro Canaletto quien hoy la retratase.


A mí de Venecia me gusta todo.

Y es que yo me enamoré de Venecia cuando soñaba con ella. Cuando leía sobre ella. Cuando me la retrataban las películas y las guías de viaje. Vivirla, sin duda, fue aún más intenso que soñarla. Describirla es no hacerle justicia. Venecia no puede verse en dos días, es falso, al menos desde mi punto de vista. Puedes pasear por sus calles, cruzar sus más de 450 puentes, admirar la catedral de San Marcos desde su famosísima plaza, subir al Campanille, pasear en góndola, cruzar el canal en traguetto. Puedes deslumbrarte con su luz, con sus faroles rosados y con su niebla matutina. Puedes disfrutar de sus sonidos únicos, carentes de tráfico, de cláxones, de gritos. Tan sólo el sonido del agua. Como un chapoteo. Como el rompeolas de un mar en calma. Todo esto puedes verlo en dos días, pero ¿acaso ver todo de corrido es disfrutar o sentir la magia? Sería más bien como un acercamiento. Como una primera cita con la pareja de tus sueños. Venecia es mucho más que esto, es mucho más que dos días sumergidos en un lugar mágico y diferente. Cuando Venecia te llega, entonces ya no te quieres marchar, y dos días, te parecerán siempre insuficientes.


A mí de Venecia me gusta todo.

Hablaros de Venecia, es hablaros de dos Venecias, una tal y como la conozco y la siento yo, y otra tal y como la conocen los demás. Hay que tener en cuenta que una ciudad siempre es vivida desde distintos puntos de vista y que la suma de todos ellos posee validez.

Este año visité Venecia en Carnaval. Y he caminado, como todo veneciano y como todo turista llegado desde cualquier parte del mundo, con distintas máscaras por Venecia: de colores, con plumas, con brillantina. He visto percheros portando trajes de ensueño. He presenciado, desde el Gran Canal, fiestas de Carnaval cuya entrada no me podía permitir. He tarareado notas de Verdi en alguna iglesia, canciones de Pavarotti, y de Bocelli en alguna piazzetta, y la famosa Venecia sin ti, (Qué profunda emoción, recordar el ayer), de Charles Aznavour, cada vez que un gondolero cruzaba con su góndola el canal. He bebido Capuccino y Bellini en el Harry´s bar, donde Hemingway degustó tantos, mientras escribía o charlaba con otros escritores. He brindado con Spritz Aperol, en sus locales más emblemáticos, y en los más alejados del bullicio carnavalero. He pisoteado confetti en la plaza de San Marcos, he visitado el café Florián, y he creído oír relinchar a los caballos de la cuádriga triunfal que el Dogo Enrico Dandolo instaló en la terraza de la Basílica. He suspirado frente al puente de los Suspiros, y he atravesado los pasillos del palacio Ducal con el soniquete de las leyendas de Casanova resonando, en inglés, en mis oídos. También estuve en su celda y aún hoy me pregunto cómo pudo escapar de allí y cómo pudo amar a tantas mujeres, solteras, casadas, viudas. He subido al Campanille y he admirado todos los tejados naranjas, y el horizonte azul. He cruzado a San Giorgio la Maggiore en vaporetto, bajo una leve llovizna, he atracado en el Lido, rodeado el cementerio de San Michelle y he llegado hasta Burano sin pasar por Murano. Sus edificios de colores me parecen un mágico mundo de fantasía, tanto como el que Disney creó, pero sin Mickey y sus amigos.

He fotografiado ventanas rotas, puentes, cordeles, mercadillos, pinturas, escalones, columnas, fachadas desconchadas, góndolas, traguettos, cúpulas, suelos, plazas, escaparates, gondoleros y traguetteros, también las sonrisas de los turistas, el vuelo del Ángel, y los trajes de Carnaval. Únicos. Elegantes. Misteriosos.

He vivido Venecia. He sido feliz en Venecia.

Y sin duda, esta entrada se me queda corta. Siento que no le hago justicia. Perdonadme.
Venecia es mucho más que palabras.




A Patricia Monteagudo,
que vive Venecia conmigo.




Isabel Merino
Punto y seguido

jueves, 10 de octubre de 2013

DESDE LO MAS PROFUNDO - GEMA DEL PINO

     A riesgo de parecer tópico, entrar en la nueva exposición “Desde lo más profundo”, es como penetrar en las entrañas de un cuerpo vivo, sumergirse en un océano neuronal, como si fuésemos pasajeros de aquella fantástica nave que Richard Fleischer en “Un viaje alucinante (1966)” puso a nuestra disposición para admirar el extraordinario paisaje interior de un ser humano.

    La sala Espacio Negro, abrió sus puertas el pasado 24 de septiembre albergando parte del universo interior de una de sus destacadas artistas: Gema del Pino. Esta pintora, con la que tuvimos la fortuna de contar en nuestro “Cuando vivíamos aquí”, en palabras de Antonio Oliver León,  “genera un nuevo microcosmos introspectivo, donde (…) nos evoca lo más íntimo del ser en su relación con el cosmos”.

     

     Los deliberadamente ambiguos cromados de los cuadros, junto con unas atractivas y sugerentes texturas, nos trasladan a distintos estados de ánimo. Así como las palabras en los libros nos conducen directos al corazón, los cuadros de Gema se sumergen sin pudor en nuestras mentes y nos salpican de esas certezas ocultas que nos empeñamos en esconder. No es banal que Gema se acompañe de la literatura , en forma de citas de escritores para mostrar el camino a través del espacio negro:

Hay un soplo divino dentro de ti. Tan solo necesitas escuchar su susurro… y seguirlo. Cierra los ojos y ve. Toma la mirada hacia el interior. ¿Qué es lo que ves?, ¿qué hay dentro de ti? ¿qué potenciales sin explorar? ¿qué miedos sin descubrir, sin confesar, sin resolver?
 (Cierra los ojos y ve. James Joyce)
    Durante el viaje descubriremos que Gema comparte con nosotros elementos comunes, lugares secretos, verdades ocultas que se delatan en sus cuadros mediante la explosión de colores tramados de auténtica fantasía, o tras la negrura áspera de una de las piezas.


Cuando reconocemos y aceptamos quiénes somos, ya nunca más sentiremos la necesidad de cambiar
(Gary Thorp).
     No saldrás de esta exposición indiferente. El viaje a las profundidades de la artista te cautivará y encenderá una llama en aquel lugar más inflamable de tus vísceras. Descubrirse a sí mismo es tan revelador como deshojar margaritas.    

Pedro Rojano
Punto y Seguido


Del 24 de septiembre al 19 de Octubre de 2013.
Sala Espacio en Negro
c/ Alemania, 3
29001 MALAGA        

lunes, 7 de octubre de 2013

TIMIDEZ


«Ángel Azul», Silvia Ji

¿Cómo se llamaba? —preguntó airado el maquillador, al comprobar que del cadáver no colgaba ninguna identificación.
—¿Por qué? —preguntó su ayudante desde el umbral.

El maquillador acercó su rostro al del cadáver, lo examinó, y simulando profesionalidad explicó:
—No es lo mismo maquillar a una Marilyn, que a una Santa Teresa.
—En el informe consta como sin identificar. De todas formas, no parece que fuese ninguna santa —dijo sonriendo el ayudante.

El maquillador lo miró indignado.
—¡Márchese de una vez! —le ordenó.

El ayudante se disculpó y abandonó la sala. El maquillador comprobó el informe, observó indeciso el cadáver y finalmente apagó las luces. En la penumbra contuvo la respiración y pasó su mano sobre el cuerpo de la chica sin llegar a tocarla. Con la punta de los dedos rozó el pubis inerte. Retiró el brazo tembloroso y dio un paso atrás secándose el sudor de la frente. Aún no había superado su timidez con las desconocidas.


«Cuando vivíamos aquí»