viernes, 31 de enero de 2014

“UN DÍA ES UN DÍA”. UNA COLECCIÓN DE RELATOS DE MARGARET ATWOOD.


“Un día es un día”, es un libro de Margaret Atwood de reciente aparición, pero los relatos que lo componen fueron escritos y publicados en los setenta y ochenta del siglo pasado y  las historias que cuentan se desarrollan en décadas anteriores, a partir de los años cuarenta. Como dice la autora, un tiempo en que no se habían inventado los ordenadores y las relaciones a distancia se desarrollaban a través del teléfono o por carta, y a menudo había largos periodos de silencio. Y yo opino que es un tiempo que ahora nos parece superado, pero del que aún podemos aprender.



En una primera lectura me pareció que el libro trata básicamente del tiempo y de  las mujeres, del tiempo haciendo desmoronarse la vida de las mujeres. Pero hay mucho más. Como ella misma nos dice en el prólogo, para justificar el predominio de lo “doméstico” frente a lo “salvaje” en la antología, estas historias “hablan de seres humanos que hacen cosas que hacen los seres humanos”. La vida de las personas se desarrolla en un espacio y un tiempo habitado por hombres y mujeres y moldeado por las relaciones que se establecen entre ellos. Estas relaciones están marcadas no solo por cómo son las mujeres y los hombres, sino también y sobre todo, por cómo se espera que sean. En la medida que existe una mayor distancia entre lo que la mujeres son y lo que las convenciones señalan que deberían ser, cabría decir que en estas historias se recogen las contradicciones de muchas mujeres y algún que otro hombre. Es el caso de la protagonista de “El peso”, una abogada madura que usa las armas más vergonzosas para una mujer auténtica, la seducción y el sexo, para sacarles a hombres adinerados donativos para una casa de acogida de mujeres maltratadas y las ofrece como tributo a la tumba de una amiga con la que iba a conseguir cambiar el mundo y que acabó siendo asesinada por su marido. O el de las tres hermanas de “Consejos para sobrevivir en la naturaleza”, a mi juicio uno de los mejores relatos del libro. Las tres han leído un viejo ejemplar de un libro de la antigua casa familiar, un libro que enseña a sobrevivir en la naturaleza, pero solo han aprendido a destruirse entre ellas y a ponérselo fácil al verdadero depredador.



No son relatos amables, sino incisivos. La escritora va desgranando anécdotas del asunto con profusión de detalles y descripciones minuciosas y el lector, casi sin darse cuenta, se encuentra royendo un hueso duro e indigesto, porque finalmente le está hablando de sí mismo. Al ser humano no le suele gustar enseñar su lado feo y, bajo la lupa de Atwood, ni mujeres ni hombres salen demasiado guapos en la foto. Aunque quizás haya quien piense que  los personajes masculinos de estos relatos salen peor parados, tal vez es un acto de justicia o desagravio con la vida real.

          En palabras de la autora: “Todos tenemos guardadas distintas versiones de nuestras vidas, aunque nos las contemos solo a nosotros mismos. Y las corregimos a medida que avanzamos”. Que es una manera de decir que, a menudo, si no siempre, nos engañamos sobre quiénes somos y sobre cómo pasaron las cosas en nuestra vida. Esto le ocurre a muchas de las protagonistas de estos relatos. Como la Sally de “El huevo de Barba Azul”, que piensa que lo que le enamoró de su marido es la estupidez de éste, que “es tan tonto que ni siquiera sabe que lo es” y ella se cree a salvo de que le sea infiel precisamente por su estulticia y acaba por descubrir que es esa el arma que usa su marido para engañarla. O la jovencita de “El huracán Hazel”, que necesita del paso de un huracán por la ciudad de Toronto para romper la relación insatisfactoria con su primer novio, al que, desde el principio, siente que no tiene nada que decirle. La dificultad de comunicarse entre hombres y mujeres es otra de las constantes de estos relatos: a veces no se encuentran las palabras, a veces estas significan cosas distintas según quién las diga, a veces son pocas o demasiadas.  La protagonista de "La tumba del famoso poeta", que quiere terminar con un matrimonio acabado de manera elegante, sin reproches ni reivindicaciones, con un apretón de manos, piensa: "Hemos hablado demasiado o no lo suficiente. Para lo que tenemos que decirnos no hay lenguaje, lo hemos intentado todo".

          Los doce relatos están repartidos de cuatro en cuatro en tres secciones, que son las tres etapas del tiempo de la vida: Infancia, Madurez y Vejez. El primer relato, “Momentos estelares de la vida de mi madre” y el que cierra la colección, “Un hallazgo extraordinario”, están basados en la vida de los padres de la escritora y también, de alguna manera, son autobiográficos. Constituyen un marco para el resto de las historias y de su lectura se pueden extraer algunas claves para hacer una interpretación completa del libro y, al mismo tiempo, mantener una mirada un poco esperanzada sobre nuestra condición.




Inmaculada Reina
Punto y Seguido

miércoles, 29 de enero de 2014

CON LA PUNTA DE LA LENGUA


El relato erótico siempre ha sido una sugerente forma de iniciarse en la escritura. ¿Quién no ha deseado descargar las propias fantasías en otros personajes para poder vivirlas a lomos de sus páginas? Pero cuando lo intentas siempre surge una bloqueante duda: ¿Es necesario ser explícito?, ¿dónde está la diferencia entre lo erótico y lo pornográfico?


Enrique Páez, en su Manual de Técnicas narrativas, nos ilustra que  «La línea divisoria entre lo sensual, lo erótico, lo pornográfico y lo obsceno es difícil de marcar, y en muchos casos depende más de las convicciones morales de los lectores que de los propios textos.» De manera que esa línea que separa mis intenciones reside más en el lector que en mi propia inspiración.

Con frecuencia, se suele relacionar el erotismo con la descripción más o menos explícita de escenas sexuales. No tengo dudas acerca de esto pues la literatura nos ha dado buenos ejemplos del ello, tal es el caso, entre otros muchos de “Justine” del Marqués de Sade, o de “Historia de O” de Pauline Réage...

O estaba desnuda en su celda, esperando que fueran a buscarla para llevarla al refectorio. Su amante vestía traje de ciudad. Cuando la abrazó, el tweed de su americana le rascó la punta de los pechos. La besó, la tendió en la cama, se echó a su lado y, lenta y suavemente, la poseyó, yendo y viniendo en las dos vías que se le ofrecían, para derramarse finalmente en su boca que después volvió a besar.


Pero si queremos captar la esencia del relato erótico, debemos intentar llegar a insinuar la sexualidad de una escena sin entrar en ninguna descripción explícita de sexo. En mi opinión, el erotismo no está en las palabras, sino en las sutilezas. Es como una cortina que deseamos descorrer porque, apasionadamente, intuimos lo que se esconde tras ella. Para este caso también tengo buenos ejemplos en textos imprescindibles como “Lolita” de Vladimir Nabokov, “La casa de las bellas durmientes” de Yasunari Kawabata...

Su mano derecha y la muñeca estaban al borde la colcha. El brazo izquierdo parecía extendido diagonalmente bajo la colcha. El pulgar derecho se ocultaba a medias bajo la mejilla. Los dedos, sobre la almohada y junto a su rostro, estaban ligeramente curvados en la suavidad del sueño, aunque no lo suficiente para esconder los delicados huecos donde se unían a la mano. La cálida rojez se intensificaba gradualmente desde la palma a las yemas de los dedos. Era una mano suave, de una blancura resplandeciente. 


...o en uno de los relatos que incluye “Si una noche de invierno un viajero” de Italo Calvino...

Makiko, la hija pequeña del señor Okeda, vino a servir el té, con sus movimientos mesurados y su gracia aún un poco infantil. Mientras se inclinaba, vi sobre su nuca desnuda bajo el pelo recogido en lo alto una fina pelusilla negra que parecía continuar a lo largo de la espalda.


Ilustración Ink-Pot

Los nuevos autores se esmeran en ocultar una historia tras el relato de otra, por ello, de alguna manera la literatura moderna se ha poblado de un erotismo literario que enciende el deseo por la lectura, pues es preciso insinuar aquello que está oculto para llegar, más allá de lo escrito, a los sentidos del lector.

Te reto a sugerir una historia sin contarla, a utilizar los sentidos para conducir la trama, a rozar las palabras y los gestos. Para ello pisa la hoja con la humedecida yema del pulgar, e introduce el bolígrafo dentro de la boca. Cierra los ojos y sumérgete en el interior de tu fantasía para agarrar ese relato que se deshace en la pun-ta-de-la-len-gua. 


Pedro Rojano
Punto y Seguido

lunes, 27 de enero de 2014

AGOSTO: ¿A QUÉ JUGAREMOS MAÑANA, SRA. WESTON?



Existe algo más que un lejano parentesco entre  la Violet Weston de Agosto, condado de Osage de Tracy Letts, la Regina Giddens de La loba de Lillian Helman, la Bernarda Alba de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, la Elisa de El pelícano de August Strinberg y la Violet Venable de De repente el último verano de Tenesse Willians, con quien, casualidades de la vida, comparte nombre. Todas son madres, esposas sin marido, que utilizan la manipulación y el engaño, el juego del chantaje y de la culpa, para conquistar el poder sobre los otros, su familia, para doblegarlos y para que todos ellos acepten ese poder, lo justifiquen y lo tengan en cuenta.


El hecho de que Violet Weston, interpretada por Meryl Streep, en Agosto (August, Osage County, John Wells, 2013,) tenga cáncer de boca no es un detalle  banal, es el resultado de los atracones de veneno, su propio veneno, que se ha venido dando a lo largo de su vida. El veneno de estar callada, de vigilar y aguantar, de tragar durante años, alimentándose de él, esperando el momento de escupirlo, de morder a todos, marido, hijas, hermana, cuñado ―solo la criada india parece inmune―. De lanzarlo a boca llena.


La casa también es otro personaje. Al igual que en las obras citadas, la casa es el territorio de la madre, la depredadora, el territorio donde los demás son solo invitados, pero están obligados a estar, a rendirse. Ella establece sus normas, las persianas bajadas, la chaqueta en la comida pese al calor y «Nada de aire acondicionado». Una casa solitaria en mitad de la nada, para que nada se interponga ni interrumpa, para que ella, la madre, extienda  sus redes y distribuya su veneno.


Todos los miembros de la familia tienen su pequeña escena, su importancia en la trama que Violet despliega. La historia se redondea, se retuerce, parece que se reconduce, pero solo gira sobre sí misma hasta el estallido final con el veneno esparcido, inoculado en nuevos recipientes que lo llevaran por todo el mundo. Incluso Bárbara, la hija mayor, la más despierta, la que mejor conoce a la madre, la que se fue más lejos, se lo lleva. En realidad, siempre lo ha llevado dentro. El personaje está interpretado por Julia Roberts y disfruté viendo como se sacude con su madre, como se insultan y se despellejan.


A Meryl Streep, la gran diva, la leona que todo lo tiene, que todo lo maneja, parece que le marcaron un patrón: Bette Davis. La actriz lo acepta, lo estruja, y hace una Bette Davis pasada de nicotina y de fármacos, con peluca y gafas oscuras. Despliega su arsenal de muecas, lloros, risas, miradas, gritos y susurros, su artillería pesada que va de un simple arqueo de cejas al desmelenamiento mas desaforado. Julia Roberts no se repliega, ataca con otras armas, la contención, el desapego, se defiende y ataca con la palabra mordaz, la mirada paralizante, como un frio escalpelo que atravesara la pantalla. Nunca la había visto más sobria, sin maquillaje ni muecas, diciendo palabrotas y pegándose con su madre por el suelo para arrancarle un tarro de pastillas. Solo a veces, un fruncimiento de los labios, delata su perpetuo gesto de estrella.


También están Margo Martindale y Chris Cooper, como hermana y cuñado, excepcionales en sus escenas, con sus pequeños secretos y su aparente simpleza. En general es una película de actores. John Wells, el director, los acompaña, los sigue en sus gestos, los mima, pasea la cámara por sus rostros, en los silencios, en las  pequeñas confesiones.  Abigail Breslin, la Pequeña Miss Sunshine, ha crecido, tiene una expresión incrédula, desaprueba el juego que se traen los mayores, no lo entiende. Todavía es demasiado joven.






En el condado de Osage, en agosto, hizo un calor de casi cuarenta grados. La casa estaba a oscuras y el aire era irrespirable. Al marido nadie lo vio marchar. Tal vez se sintiera viejo de pronto o quizás acabó cansándose de repetir siempre el mismo juego.



Miguel Núñez
Punto y Seguido

viernes, 24 de enero de 2014

JUAN GELMAN

La vida de Juan Gelman se fue apagando como un tango de Gardel. En la caja fuerte de su memoria viajan los momentos más álgidos de la Argentina, con todo el dolor acumulado, pero también los buenos instantes del pasado remoto.

Buenos Aires, 3 de mayo de 1930 - México DF, 14 de enero de 2014


Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací.
                                 Gotán (1963)

Su vida transcurrió en esa sumatoria de golpes de estado que fue mi país, con el sablazo final: la desaparición de su hijo y de su nuera. Y una nieta que pudo encontrar hace pocos años. «Me resulta muy extraño hablarte de mis hijos como tus padres que no fueron», le decía en una carta, sin saber si era mujer o varón. Imposible que todo esto no marcara su poesía cargada de vacío, de esperanza, de dolor. Todo junto a veces en un mismo verso. Le dolía, no sólo las desapariciones humanas, sino la desaparición de los proyectos. Ese umbral que se cruza y parece que ya nunca volverá atrás, como un gesto de desmemoria que se lleva a los seres y con ellos a sus ideas. En algún reportaje le escuché decir: «La función de la utopía es el fracaso, para dar paso a una utopía mejor»…
Recibió múltiples premios: el Cervantes, el Juan Rulfo, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el Nacional de Poesía Argentina y muchos más. Alguna sonrisa leve se le dibujó. ¿Qué puede esperar un poeta en este mundo que parece tan lejano a la poesía? Que alguien recuerde un verso y se quede grabado en su memoria, seguramente ese sería el mejor premio.
Cuando le preguntaron cuál era el tema de la poesía contestó: El tema de la poesía es la poesía. Tal vez por eso haya tanta gente que la escribe y tan pocos que la leen. Y como si fuese la única misión de su vida, nos dejó versos como estos:

Arte poética

A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.
                 

Andrea Vinci
Punto y Seguido

lunes, 20 de enero de 2014

UNA MANADA DE ÑUS, JUAN BONILLA



¿Se puede contar la vida como si fuera manada de relatos, mezclando recuerdos personales, llevando al límite hechos cotidianos en los que cualquiera  pueda verse reflejado?


Juan Bonilla nos presenta unos cuentos en los que conviven  la juventud  y la madurez de sus personajes, los recuerdos, la frustración que lleva a la reflexión. Como cita Guillermo Busutil en su  reseña de la revista Mercurio: nos  muestran al antihéroe en cada uno de estos sucesivos yoes que componen el yo del autor que no esconde su nombre ni su juventud como aprendiz de escritor. El antihéroe en que se convirtió aquel muchacho tímido e inteligente que soñaba otra vida, aunque no creo que nunca lleguemos a vivir la vida que soñamos.

Relatos  atravesados por Una manada de Ñus, esa metáfora compuesta por animales extraños que según se miren pueden parecer toros, caballos o  antílopes, mientras cruzan el río de la vida, lleno de cocodrilos que a dentelladas van dejando en el camino algunos, para que el resto pueda seguir adelante. Así es la vida, como en Cuidados Paliativos dónde en la habitación de un hospital  se convive con extraños que van pasando, extraños que se vuelven como de la familia, de tanto respirar  el mismo aire viciado se convierte en adictivo. Este relato es uno de los que más me ha gustado del libro, aunque no puedo decir que  alguno  me haya decepcionado.

Tú sigue por donde vas que no vas a ninguna parte. ¿Quién no siente a veces a ese hijo adolescente que vive en su habitación como un inquilino, un desconocido que vive bajo el mismo techo y que puede jugar a la duplicidad?

Brooke Shields  es el relato que hace homenaje al cine, a esa primera vez  en aquellos adolescentes del Lago azul, o en la que se va solo a ver la película de tu estrella favorita, dónde conviven presente y pasado, historias que se encuentran.

Los relatos de Bonilla se sienten, se viven, se recuerdan en cualquier momento, como cuando vas a sacar dinero al cajero y no recuerdas la clave de la tarjeta, increíble como ha logrado construir un relato y rizar el rizo con algo tan simple en Sólo tienes que resistir hasta mañana.

O cómo buscar El Sol de Andalucía embotellado en una ciudad gris, cómo puede sentirse la soledad hasta la médula en una habitación de hotel mientras escuchas gritar gol en la habitación de al lado al mismo tiempo que tu equipo marca el gol que le hará subir a primera división y sientes deseo de hablar con ese alguien y a la vez te sientes paralizado ante la incertidumbre de lo que puedes encontrar al otro lado.

Sin duda alguna, la manera de hacer una Subasta Holandesa con la propia vida. ¿Quién no ha escrito alguna vez una lista con esos deseos que quiere cumplir antes de los cuarenta, y cuando esa lista llega de nuevo a tus manos, compruebas que no fuiste capaz de enderezar el destino hacia aquellos deseos irracionales de entonces y desde ese trozo de papel el adolescente que fuiste te pide cuentas?

Una vez escuché decir a Juan Bonilla que ser escritor es una manera de evitar  cometer delitos, que escribiendo se desquita uno de las obsesiones que pueden llegar a atormentarte. En El Llanto, el protagonista graba el llanto del bebé del vecino para vengarse algún día. Cada vez que escucho al niño de mi vecino con el llanto desconsolado me entran ganas de poner la grabadora.

En Justicia poética dos jóvenes llevan a  cabo una venganza, “Porque leer es un arma de doble filo. Y más en la adolescencia. La pasión por la literatura en ciertos adolescentes es muy peligrosa” admite con una sonrisa Bonilla, cómplice del guiño al poeta Fonollosa.

Sin duda alguna uno de los mejores libros de relatos que he leído este año. Aún tengo pendiente leer su novela “Prohibido entrar sin pantalones” publicada en 2013 también.

 Leer a Juan Bonilla es una apuesta segura.



                                                                          Loli Pérez

sábado, 18 de enero de 2014

SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS


Llegamos a San Cristóbal a través de la carretera que la une a Tuxtla Gutiérrez, capital de Chiapas. Se supone que es una autopista de pago, pero sólo tiene un carril hacia cada lado, separado por doble línea amarilla, y amplios arcenes. La costumbre de la zona es conducir por el arcén (banquina). De hecho los carteles rezan: Utilice la ultra derecha. Suena gracioso por tratarse del estado más de «ultra izquierda» de todo México. Esto nos valió bocinazos, insultos y gestos que no podré reproducir, todo hasta que logramos darnos cuenta de que no conducíamos como lo hacen los chiapanecos.


        Como se trataba de un pueblo (por lo menos así lo imaginamos), no entré a Google Maps para imprimir un plano de cómo llegar al hotel. Lo que nos recibió fue un atasco que se repitió con cada entrada o salida a San Cristóbal. Atasco que se complicaba aún más por la cantidad de peatones que deambulaban por todas partes.


Templo de Santo Domingo


        Cuando por fin localizamos el Hostel, que por cierto es muy bonito y acogedor, abandonamos los trastos y corrimos a la calle, a dejarnos invadir por los últimos rayos de sol de aquel día. La luz pegaba de frente al templo de Santo Domingo, que sin lugar a dudas es la estrella de aquella ciudad. En esa misma tarde-noche reconocimos que nuestra imaginación nos había fallado: San Cristóbal es una ciudad, nada más lejos de un pueblo. Las calles atiborradas de gente, peatonales con bares, restaurantes y negocios para todos los gustos, para los chiapanecos y para los turistas. Múltiples adornos navideños y una pista de hielo nos recordaban a cada paso la fecha en que nos encontrábamos.


      
 Una de las cosas que más llama la atención es la gente, que convierte a esta ciudad en étnica-hippie-snob. Una mezcla de artesanos y músicos venidos de lejos (muchos de mi patria), con turistas en bermudas o jeans, con mujeres de la etnia tzotzil con sus faldas de lana negra peinada que parece de alfombra, o de manta del mismo color, con otras chicas que han decido ya no llevar ese tipo de falda típica pero que igual llevan faldas, aunque modelo tubo hasta la rodilla. Sólo el 31 de diciembre vimos mujeres con el traje típico de Zinacantan: falda y capa bordadas con flores en colores pastel.  

        Cuando uno piensa en esta ciudad no puede dejar de recordar que aquí comenzó la guerrilla zapatista, no puede dejar de ver el rostro, o mejor dicho los ojos, del subcomandante Marcos. Aún se ven en los caminos circundantes los carteles del EZLN «Ejército Zapatista de Liberación Nacional». En nuestra estancia (el 1/1) coincidimos con el 20º aniversario, pero en San Cristóbal no hubo actos conmemorativos, como tampoco hubo nadie que anunciara que el 2014 comenzaba. De hecho, el reloj del Palacio Municipal estaba cinco minutos atrasado… Es probable que no quisieran recordar que un día como aquel, pero 20 años atrás, moría gente en esa plaza por defender lo que aún continúa en esa nebulosa en la que los gobernantes quieren convertir a los pueblos amerindios. A día de hoy Chiapas vive en su propio limbo. Cuando miro por la mañana a la chica del tiempo, nunca aparece la temperatura de Chiapas, pero sí la de San Antonio, Houston, etc., ¿…?



    
Chiapas es una joya de este país, pero una joya sin pulir, como quieren que parezca. Selva, ruinas, pueblos coloniales, costumbres que se arraigan, cascadas y ríos, lenguas que pretenden que desaparezcan… el dolor de un pueblo que aún lucha, y que no es escuchado, más que cuando necesitan sus votos (aunque suene a obviedad). Los miles de hombres o niños que se ofrecen como guías en las lagunas de Montebello me habla de una terrible falta de trabajo, porque sino cómo explicar tanta gente para contarte cómo es un paisaje. Ni en las ruinas hay tantos guías. Y uno se siente acosado.

Fotos en el Bar Tierra Adentro

Mujeres vendiendo pasto para el pesebre

Comenzamos el año en un bar y centro cultural zapatista. El suelo cubierto de hierba, la misma que vimos vender días antes por las calles, para semejar un pesebre. Mesas llenas de familias, con las mujeres peinadas de peluquería y los hombres de elegante sport, acompañaban las canciones revolucionaras. No coincidía el aspecto de esa gente con las canciones que entonaban, aunque el alcohol habría hecho de las suyas. Ellos posaban frente a los carteles y las fotos de los encapuchados. Y yo sentía que todo era lejano: esa gente, el bar, los platillos, los margaritas, mi inconsciencia cotidiana.

Dos días después de retornar al DF vi al gobernador de aquel estado promocionando la selva, la misma selva que yo había transitado de la mano de Chankin, un guía lacandón que apenas habla español.




Y no dejo de preguntarme a quién ayuda el turismo, o como cuánto han mejorado las cosas en estos 20 años, o qué pensará Marcos de toda esta gente que ha invadido San Cristóbal. Los tzotziles aún venden sus artesanías. Sus mujeres cargan sobre sus espaldas pesadas mantas, los niños venden pulseras, marcadores, imanes, muñequitos del subcomandante; ámbar y semillas son encontrados en todos los tianguis. ¿Pero acaso no es lo mismo que hacían hace 20 años? Me preguntaba estas cosas mientras tomaba una cerveza en un restaurante argentino que está sobre una de las peatonales más concurridas. Mientras las mujeres caminan sin medias, en chanclas (ojotas), con el frío que no cesa, por momentos la llovizna. Van y vienen con sus mercancías. Una abuela ofrece comida. Va descalza.








Andrea Vinci
Punto y Seguido

jueves, 16 de enero de 2014

SOBRAN LAS PALABRAS (2013)



Tengo un perfil cinéfilo bastante definido y aunque suelo decir que me gusta mucho el cine y veo de todo, en realidad ahora que lo pienso no es tan cierto que lo vea todo, o no lo es en este momento de mi vida. El caso es que mi balanza de gustos cinéfilos suele inclinarse bastante hacia el lado de la comedia romántica. Me gustan los thrillers, me encantan los clásicos, los musicales, incluso la fantasía y hasta algo de acción. Podría seguir, pero como esta entrada trata de hablar de una película en concreto y no de mis gustos a la hora de ir al cine, pues voy a parar y a hablar de la última película que vi en las salas en el 2013. Sobran las palabras. Y no es que sobren las palabras, es que la película se llama así, o más bien, el título lo han traducido así. Si la hubiera visto en Versión Original, como más me gusta ver las películas, pues el título habría sido: Enough Said.



Sobran las palabras, no es una película de esas que pasan a la historia, pero sin embargo tiene algo peculiar que hará que se la recuerde por encima de otras tantas, y es que en esta película le decimos adiós al gran James Gandolfini, pues fue una de sus últimas interpretaciones, en la que se reconocía más a sí mismo que en el resto de papeles que interpretaba. Yo no soy ningún mafioso. Buscaba un papel así y cuando Nicole me lo ofreció, acepté enseguida.

Es un hombre dulce, amable, divertido e inteligente. Es como el personaje de la película. Jim aceptó enseguida, dijo Nicole Holofcener, directora y escritora de la cinta. En cuanto a Julia, fue muy fácil con ella. Se sentía identificada con la historia de una manera emocional y muy humana. No sólo es un genio de la comedia, tiene mucho que enseñarnos. Tiene mucho talento.




En la misma entrevista comentaba que ésta no es una película para mujeres. Es una película para la gente. Parte de la idea de que una persona puede ser el paraíso para una persona pero el infierno para otra. Es una autobiofrafía en un sentido genérico. Es divertida y triste. Emotiva y humana. Es el tipo de películas que a mí me gusta ver. (Y a mí, por eso fui al cine a verla y por eso os la recomiendo si os gustan este tipo de películas).

Sinopsis:
Eva, (Julia Louis-Dreyfus), divorciada, masajista, conoce a Albert, (James Gandolfini), un hombre que es la antítesis a su hombre ideal pero que resulta ser no sólo divertido, dulce y encantador, sino un hombre con quien se puede hablar y con quien comparte el mismo problema: sus hijas se marchan a la Universidad y ambos se encuentran devastados por el cambio que eso supondrá en sus vidas y por la soledad a la que habrán de enfrentarse. La conexión entre ambos es prácticamente inmediata. La tercera en discordia es Marianne, (Catherine Keener), una poetisa clienta de Eva que critica continuamente a su exmarido y que hará tambalear la relación de Eva y Albert.

Premios:
Nominación a mejor actriz, (Julia Louis- Dreyfus), a los Globos de Oro 2013.
Dos nominaciones, mejor guión y actor secundario (Gandolfini) al Independent Spirit Awards 2013.
Dos nominaciones, incluyendo mejor actris, (Julia Louis-Dreyfus) a los Satellite Awards 2013.

Algunas críticas:

- Maravilloso James Gandolfini en una de sus últimas interpretaciones.

- Es una de las comedias americanas mejor escritas de los últimos tiempos y un implícito reproche a los picantes y descuidados espectáculos de inmadurez que han dominado el género en los últimos años.

- Suena como una comedia romántica más. Y lo sería si Gandolfini y Louis-Dreyfus no fueran una pareja de inadaptados tan atractiva.

- Tanto como por lo que es, la película vale por lo que significa.

- Es una de esas pequeñas historias mínimas dotadas de un alcance universal.

- Una historia realista, divertida y muy disfrutable.

- Las dos grandes razones por las que Sobran las palabras pasa de ser otra amable película de corte independiente a convertirse en un título notable son los soberbios trabajos de Julia Louis-Dreyfus y  James Gandolfini.

- Tony Soprano nunca fue tan “abrazable”.



Mi opinión: 



Estoy de acuerdo con todas esas críticas y con el resto que he leído. Yo también señalaría el papel de Toni Collette en el papel de la psicóloga amiga de Eva. Me gusta esta actriz desde que la descubrí en La boda de Muriel. El papel de la poetisa me parece también muy bien interpretado y tiene una chispa tremenda. Es un personaje creíble. Y aunque varias de las escenas pueden parecer tópicas y el desenlace puede casi entreverse, yo disfruté de todas ellas.   Además de la historia de estos personajes, está la historia de las hijas de Eva y Albert y de la amiga de la hija de Eva, a la que Eva, casi sin querer, y con el síndrome del nido vacío a cuestas, trata de aferrarse de algún modo para no dejar de sentirse madre. Hay situaciones bastante cómicas, ácidas, emotivas, y  en fin... yo  creo que con estas pinceladas podéis haceros una idea de si queréis verla o no, más allá de comentar los trabajos anteriores de la directoras o de los actores, o incluso nombrar al fotógrafo o músico de la cinta y hacer comparaciones con este trabajo que han realizado en Sobran las palabras. Y haciéndome eco del título, y como sé que ya van sobrando, pues para terminar sólo recomiendo que la veáis si os gusta este tipo de cine o si queréis pasar un rato entretenido o disfrutar de la interpretación de grandes actores, o de diálogos cargados de chispa, o en fin, por curiosidad. A mí, personalmente, me valió la pena ir al cine a verla. 


Punto y seguido

sábado, 11 de enero de 2014

ESTAMBUL





         Será difícil encontrar una forma más acertada de llegar a Estambul que navegando desde el Mármara. La enorme capital de Turquía se dibuja inequívoca sobre el horizonte con sus minaretes y cúpulas que destacan a pesar de los rascacielos que se mezclan en el fondo. El pestañeo incrédulo de mis ojos no engaña, pues es un síntoma de que están contemplado una de las ciudades más bellas del mundo. Su forma me recordó a una mezcla oriental de San Francisco y Lisboa, las tres tienen en común el haber integrado el mar como parte de su anatomía urbana, y de esa virtud no pueden presumir muchas.
         Cuando el barco atraca, echa amarras y siento envidia porque al pasear por sus calles también a mí me gustaría atar la maroma a los muelles, o quizás anclarme, como cientos de pescadores, al contraluz del atardecer sobre el puente Gálata que cruza el cuerno de oro. Pronto comienzan a oírse los cánticos de los Mulás desde los megáfonos de las mezquitas, y eso me recuerda que estoy en una ciudad de mayoría musulmana, porque con su tráfico organizado, sus calles limpias, los innumerables parques, edificios occidentales… nada me ha recordado el exotismo del mundo musulmán. Estambul es una ciudad que duda entre Occidente y Oriente, pero permanecer en esa duda coherente la hace única.
         El nobel de literatura Orhan Pamuk, en su libro de recuerdos “ESTAMBUL” escribe: “Viví el Estambul de mi infancia como las fotografías en blanco y negro, como un lugar en dos colores, oscuro y plomizo y es así como lo recuerdo.” Al llegar aquí el azul del mar, el dorado de las cúpulas de las mezquitas, el rojo fuerte que ondea en los mástiles o el verde frondoso de los jardines del palacio de Topkapi rompe esa imagen amarga que emana de su libro. Probablemente yo sea uno de esos occidentales que aprecian demasiado rápido los avances que ha tenido la antigua Constantinopla, quizás el Estambul de la época Otomana fuese más pomposo, aún así me ha cautivado con sus colores, tan sólidos como su historia.

          Visitar la ciudad no solo es cumplir con el rito turístico de ir al Museo-Iglesia-Mezquita de Santa Sofía, o quitarse los zapatos para penetrar en la mística Mezquita azul; ni siquiera preparar el monedero y ajustarse los zapatos para soportar el intrincado bullicio del Gran Bazar o el de las especias; visitar la ciudad supone mezclarse por Yen Cadessi, Ordu, Besiktas, el barrio de Eyup o Sultanhamet o Beyoglu, cruzar  el puente Gálata en su nivel inferior minado por restaurantes para turistas, apretarse en el tranvía axila con axila; comerse un bocadillo de pescado junto a los muelles, servido desde las cocinas de tres barcos que se mueven aún más que las aguas; disfrutar a media tarde de un paseo por el Bósforo en uno de los barcos-autobuses que conectan la ciudad, a esa hora en que el sol imita la cúpula de las mezquitas, y quedarse maravillado con las mansiones junto a su orilla; bajar del coqueto tranvía que lleva a la plaza de Taksim y comer un Kebba en cualquiera de los establecimientos de la concurrida Istikal Cadessi, sentarse en los jardines del Palacio de Topkapi después de haber fantaseado entre las paredes del Haren, o finalmente contemplar por la noche desde la terraza de un restaurante, las aguas oscuras del Bósforo, en la que brillan las luces rojas y verdes de los barcos, el neón los restaurantes y cafeterías y se reflejan las siluetas de los iluminados monumentos y mezquitas.

         Los estambulíes son serios, amables y serviciales y visten con ropas de tonos apagados, como para no llamar la atención. Quizás tenga razón Pamuk cuando refiere que Estambul o Constantinopla aún no ha asumido la amargura de la caída del imperio, pero no cabe duda de que esta ciudad sigue escribiendo historia a ritmo frenético: Ahora  es el momento de vivirla.